En los tiempos que vivimos, nos encontramos cada vez más con que el bienestar y la seguridad económica de las personas se menosprecia con respecto a su capacidad productiva, y en todos los casos supeditada a las necesidades coyunturales de las empresas.

Este ha sido el caso de nuestro compañero Alberto, que en 2011 fue seleccionado para realizar los cursos de formación necesarios para trabajar en la fábrica que Fertiberia tiene en Puertollano. Después de tres meses de aprendizaje, en los que no cobró ningún salario, el compañero entró a formar parte de la bolsa de trabajo de la compañía y, consecuentemente, ha sido llamado para trabajar temporalmente cubriendo bajas y vacantes, bien con contratación directa de la empresa, bien a través de una empresa de trabajo temporal.

Durante todo este tiempo, los servicios de personal se comprometieron a una contratación indefinida cuando se cumpliesen dos años de trabajo. Es por ello que Alberto ha estado construyendo su futuro con la mente puesta en la promesa de un contrato fijo, obligado incluso a rechazar trabajos de un año por contratos de diez días en la planta para no verse apartado de la bolsa.

Sin embargo, sus planes se ven truncados cuando un día aciago recibe una llamada de recursos humanos en la que le comunican que ha sido excluido de la bolsa de trabajo. Al pedir explicaciones, le informan de que su jefe de planta ha emitido un informe en el que le califica de no apto para el puesto. Sorprendido, con el fin de continuar indagando, acude al susodicho, que oralmente le había asegurado que iba a ser contratado sin demasiada demora, pero éste le asegura que han sido sus subordinados los que han informado negativamente sobre él. Pertinaz, decide seguir preguntando y comprueba que no solamente ninguno ha emitido ningún juicio sobre su aptitud, sino que al conocer la noticia confeccionan un escrito firmado por todos declarando la sobrada aptitud del compañero.

En resumen, el trabajador es descartado de la bolsa sin recibir ni una sola explicación por parte de ningún responsable de Fertiberia, por lo que deduce que ocultos intereses, ajenos a su capacidad como trabajador, son los verdaderos responsables de su situación. Y esta reflexión se ve reforzada cuando conoce de la existencia de otra trabajadora en su misma tesitura. Visto lo visto, a cualquier persona que dudase de la buena voluntad del grupo empresarial de Villar Mir le podría parecer una forma ilícita y deshonesta de eludir su compromiso de contratación, o incluso un ejemplo más de nepotismo.

Dejando las causas a la reflexión del lector, lo que está claro es que el empresariado español debe saber que está jugando con vidas humanas, que las personas comemos y pagamos la hipoteca diariamente, que no podemos estar pendientes durante años de que nos llamen de un trabajo cuando surja una baja médica o una vacante, y máxime cuando a posteriori se ha demostrado que no dudan en “darnos la patada” cuando no les interesamos.

Siguiendo el modelo del norte de Europa, nuestros gobernantes nos han vendido desde la última reforma laboral la tan cacareada flexiseguridad, que pretende dar una flexibilidad en la contratación a las empresas, con el fin de hacerlas más competitivas dentro de un mercado capitalista cada vez más cruel y despiadado. Pero de la misma forma que han instaurado el prefijo, la parte “flexi”, han pasado por algo el sufijo, la seguridad: una alta protección social, además de un plan de formación y reinserción laboral serios para los desempleados, como ocurre en países como Dinamarca.

En España, por el contrario, las políticas sociales no sólo resultan muy deficientes, sino que los medios de comunicación, obviando conceptos propios de la economía actual como el paro estructural o las tasas naturales de paro, dejan al parado poco más que como un parásito del Estado, como si una persona eligiese si quiere trabajar o no. Sin embargo, la realidad es que la seguridad laboral es un concepto en extinción y, de seguir en la misma línea, los trabajadores no podremos tener unas garantías salariales que nos permitan construir para nosotros y para nuestras familias un modo de vida mínimamente sólido y duradero.